Mesa Invitada empieza con una idea simple: alguien más cocina en nuestra casa.
No trae su despensa. Trae su oficio.
El chef Luis Ronzón fue nuestro invitado, y cocinó con lo que da nuestro huerto.
Luis cocina en Ixi'im, en Yucatán. Entre esa península y Valle de Guadalupe hay más que distancia: hay dos despensas que casi no se tocan. Lo que allá es cotidiano —el calor, la humedad, la tierra caliza— aquí no existe. Y al revés.
Aquí preparó un menú degustación de seis tiempos.
Esa es la única regla de la serie, y es lo que la hace interesante. Un cocinero llega con su memoria, su técnica, su manera de sazonar. El huerto no se ajusta a nada de eso: sigue dando lo que ya venía dando.
Por eso el menú no se escribe antes. Se escribe caminando entre las camas, viendo qué está listo esta semana y qué todavía no.
Seis tiempos, entonces, no son seis ideas traídas de Yucatán. Son seis respuestas a un huerto que no es el suyo.
Lo que llega al plato es el encuentro entre dos cosas que no se conocían: un oficio formado en otro lugar y una tierra que no negocia.



